El festejo de la Lepra tras dar vuelta un clásico intenso. Foto: Prensa Independiente Rivadavia
Arrancó como esas películas que te tiran un baldazo en la primera escena. No se había acomodado nadie en la tribuna y ya estaba festejando Gimnasia. A los 27 segundos, cachetazo de Armoa y silencio incómodo en el Gargantini. Un clásico que amagaba con torcerse antes de empezar.
Pero este equipo no se asusta. Independiente Rivadavia tiene algo que no se entrena: carácter. Se sacudió la modorra rápido, se acomodó en la cancha y empezó a inclinarla con esa mezcla de intensidad y juego que hoy lo define.
El partido ya venía picante y se calentó más con ese cruce entre Studer y Módica, un forcejeo innecesario que armó el primer tole tole de la tarde. Clásico puro, dientes apretados y el árbitro tratando de que no se le vaya de las manos.

Y cuando parecía que el golpe inicial había hecho mella, apareció la respuesta. Centro de Villa, anticipo de Costa y, en la segunda jugada, Studer metiendo la cabeza para el 1-1. Ahí cambió todo. La Lepra ya estaba enchufada y el partido también.
El cierre del primer tiempo dejó la sensación de que había un solo equipo con hambre de más. Gimnasia había pegado primero, sí, pero ya corría de atrás. Y enfrente tenía una máquina que no afloja.
En el arranque del complemento se terminó de inclinar la historia. Sartori, el de los goles importantes, el que aparece cuando quema, agarró la lanza y puso el 2-1. Gol de esos que no solo valen por el resultado, sino por el mensaje.

Después vino otro momento caliente, un insólito tirón de pelo a «Tute» Fernández y roja. Saavedra se fue antes de tiempo y dejó a Gimnasia con diez. Y ahí sí, partido liquidado. Porque a este Independiente Rivadavia no le podés dar ni un centímetro.
Con espacios, la Lepra se soltó del todo. Arce dijo presente para el tercero, Costa volvió a ganar en el aire para el cuarto y el Gargantini ya era una fiesta total. El clásico estaba roto, y el rival, también.
Faltaba uno más, porque la historia lo pedía. Bucca puso el quinto y le dio forma a una goleada que no se discute. De esas que quedan, de esas que se cuentan por años.
Y así, paso a paso, este equipo va armando algo grande. No es casualidad, no es un partido aislado. Es una idea, es un momento, es una realidad: Independiente Rivadavia hoy juega, gana, gusta, golea… y manda en Mendoza.


